
Además de otras degeneraciones comunes en su vida interna, tales como el amiguismo, el nepotismo y la mentira como factores de estabilidad interna en la verticalidad de la obediencia ciega al jefe prebendario, ningún partido estatal ha logrado escapar en Europa de la corrupción económica por razón de partido. En España, esta corrupción llegó a los niveles italianos en pocos años. Y la reacción de la sociedad gobernada también ha evolucionado con la misma indiferencia que en Italia.
Con bastantes motivos para creerlo, el caballero Berlusconi no se dispone a cambiar las costumbres licenciosas que le acompañan por donde va, porque le gustan al pueblo gobernado que las aprueba con su apoyo electoral. Tampoco reaccionan ya los votantes en España como en los tiempos de Felipe González. Lo escandaloso entonces era que, perdiendo las elecciones, lo votaran 9 millones.
Ahora no es piedra de escándalo que el PP gane las elecciones europeas, pese a tener procesos de corrupción abiertos contra bastantes dirigentes nacionales, regionales y locales. Por eso, el PP no cree necesario sanear unos aparatos directivos en Madrid y Valencia que han sido liberados de culpa política por sus fieles votantes. El propio Rajoy considera que las corrupciones descubiertas son personales y no de partido, con el argumento de que el TS, al dividir la causa entre aforados sometidos a su competencia -senador Bárcenas y diputado Merino- y los no aforados sometidos a la competencia penal de los TSJ de Valencia y Madrid, ha resuelto que las imputaciones no afectan al partido en tanto que persona jurídica, lo que haría imposible dividir procesalmente la causa, sino solamente a personas individuales. No deja de sorprender que un Registrador de la Propiedad, un jurista, llegue a creerse tal anacoluto. El TS no ha juzgado esa cuestión, sino su competencia para conocer la causa penal contra los aforados, en los términos de la denuncia.
La corrupción del PP ha igualado la del PSOE, en menos tiempo de gobierno. Y la corrupción del tesorero del partido equivale en cualidad significativa, aunque en menor cantidad, a la del tesorero del PSOE en el asunto Filesa. Tom Paine
Es fenómeno universal. Los ricos de tradición no se divierten, vierten sus vidas en permanentes distracciones. Luchan, con imaginación cotidiana, contra el aburrimiento de hacer siempre lo mismo, sufrido por los pobres y los burgueses. Los ricos aristócratas ingleses inventaron todo lo distraído. Juegos, deportes, viajes turísticos a pueblos mediterráneos, caza del zorro, safaris en países exóticos, pesca de altura de lo pescado, y cualquier tipo de aventuras insólitas. Fueron emulados por el mundo snob y por los políticos de medio pelo que se ufanan y disfrutan de la lujosa riqueza de los palacios estatales como si fuera suya.
Quien imita admira y somete su inconsciente a lo admirado. Asumir odios ajenos es signo de servidumbre voluntaria. Pero aún más servilismo delata la admiración de la escasez a las extravagantes diversiones de la riqueza. Aquella servidumbre está limitada y controlada por la conciencia de su causa personal, este inconsciente servilismo a la clase social superior carece de limitaciones. Desde el punto de vista de la psicología individual, las corrupciones personales de los altos cargos del PP son menos explicables, o al menos tienen menos fundamento social, que las de los ocupantes de altas plazas estatales, adscritos al PSOE.
El safari del Sr. Bárcenas no tiene la trascendencia política de las cacerías de guarros del ministro de Justicia Bermejo, junto con un garzón y una fiscal, ni la de la pesca de un pez espada en aguas africanas por el Jefe de los servicios secretos, Alberto Saiz. El safari lo pagó una empresa del corruptor Correa. Pero si, como dice el Sr. Saiz, él pago su diversión pesquera, el trucaje de su cara en la foto demostraría que algo más grave quería ocultar. ¿Una investigación en Senegal? Eso no lo hace el jefe del Centro Nacional de Inteligencia. ¿Una frivolidad incompatible con la necesaria discreción del cargo? Es posible. Sería una irresponsabilidad susceptible de levantar algo más que indignación en sus subordinados, y comprometer la seguridad de sus funciones secretas. Tanto Bárcenas como Saiz deben ser destituidos, y no tanto a causa de su corrupción, probable pero no segura, como por el peligroso servilismo de sus di-versiones, reveladoras de una subordinación inconsciente, y en consecuencia ilimitada, al capital cuyas modas imitan.
Juan Forte de Ragos