Manifiesto Cyborg

28 de Junio de 2009 a las 6:51

“Ciencia, Tecnología y Feminismo Socialista Finales del S.XX” (§)
::: Donna Haraway

El sueño irónico de un lenguaje común para las mujeres en el circuito integrado.


Las páginas que siguen son un esfuerzo blasfematorio destinado a construir un irónico mito político fiel al feminismo, al socialismo y al materialismo. La blasfemia requiere que una se tome las cosas muy en serio y, para mí, es el mejor referente que puedo adoptar desde las seculares tradiciones religiosas y evangélicas de la política norteamericana -incluido el feminismo -. Por eso, este trabajo es mucho más auténtico que si surgiese como mito e identificación. La blasfemia nos protege de la mayoría moral interna y, al mismo tiempo, insiste en la necesidad comunitaria. La blasfemia no es apostasía. La ironía se ocupa de las contradicciones que, incluso dialécticamente, no dan lugar a totalidades mayores, y que surgen de la tensión inherente a mantener juntas cosas incompatibles, consideradas necesarias y verdaderas. La ironía trata del humor y de la seriedad. Es también una estrategia retórica y un método político para el que yo pido más respeto dentro del feminismo . En el centro de mi irónica fe, mi blasfemia es la imagen del cyborg.

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Felipe Gonzalez, el socialdemócrata, os traicionó a cambio de dinero

27 de Junio de 2009 a las 22:09

En 1883,un ilusionado Paul Lafargue, desde la Prisión de Saint Pélagie, decía que:

La burguesía, en su lucha contra la nobleza sostenida por el clero, enarboló la bandera del libre examen y del ateísmo; pero que, una vez triunfante, cambió de tono y de apariencia; y hoy la vemos , apoyándose en la religión, hacer todo lo posible por obtener la supremacía económica y política. En los siglos XV y XVI, la burguesía se había revestido alegremente con las tradiciones del paganismo y glorificaba la carne y sus pasiones, algo reprobado por la moral cristiana.

Sin embargo, hoy, que nada entre las riquezas y los placeres, reniega de las doctrinas de sus pensadores, los Rabelais, los Diderot, y predica la abstinencia para los asalariados.

La moral capitalista, mezquina parodia de la moral cristiana, castiga con un solemne anatema la carne del trabajador; su ideal consiste en reducir al mínimo las necesidades del productor, en suprimir sus goces y sus pasiones, y en condenarle al papel de máquina redentora del trabajo sin tregua ni misericordia.

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