El despotismo del Estado monárquico o la impudicia política

2 de Julio de 2009 a las 21:49

La única libertad verdadera empieza y acaba en uno mismo: esta certeza me ha calado profundamente en los últimos meses. Ante el deprimente estado de las cosas, no encontré otra explicación para el cáncer que corroe la sociedad que el despotismo de Estado, identificándolo con el vigente régimen monárquico. Simplifiqué mis análisis tratando de convencerme de que la ignorancia y la miseria moral caen rodando desde lo alto de la pirámide, como las cabezas humanas que sacrificaban los mayas. Pero no es tan sencillo. Aunque reconozco que existen propuestas políticas que se alejan totalmente de la impostura del Estado de partidos, estoy plenamente convencido de que todo sistema de poder embrutece al hombre, en una palabra, de que el poder corrompe.

Hace siglos que se cifra la salvación moral de la humanidad, es decir, de los pueblos y de los individuos, en los cambios políticos. Siglos en que se han sucedido los suicidios colectivos de las guerras y el fraternalista frenesí criminal de las revoluciones, todo ello en nombre del progreso, las libertades…, en el fondo, del orden vigente o de un nuevo orden a instaurar. Durante la revolución, se resquebraja el status quo. Tras ella, se consolida de nuevo.

La verdad es que no necesito vestir ninguna camisa, ni roja ni negra. No necesito abrazar ningún credo, a no ser la religión de mí mismo. No quiero ningún jefe, ningún guía, ningún dios. Quiero ser mi propio rey y mi propio dios. Y escribir mis propias biblias. Hacer de eso un norte es el único camino hacia la liberación personal.

Aunque mis impulsos me han llevado recientemente a explicarme el mundo según un determinado orden socio-político, realmente siempre me he compadecido de aquellos que depositan toda su fe en un sistema político concreto, como si creyeran que todos los males y lacres de la sociedad fueran a desaparecer en caso de que ese sistema triunfase. Claro que reconozco que no todos los sistemas son iguales, pero ahora mismo desconfío de todos los iluminados que limitan la controversia del mundo a un esquema político. No habrá ningún cambio satisfactorio a menos que todos los programas, idearios y proyectos se subordinen al individuo, y no al revés, como hasta ahora siempre ha ocurrido. Lo sorprendente de la condición humana es observar cómo surgen continuamente nuevas voces que aseguran prestarse al sacrificio por una idea, por una causa, ignorando que quienes la administran usarán a todos los crédulos como peones en una partida de ajedrez. No creo que exista mejor filosofía, más honrada ni más digna, que negarse en rotundo a sacrificarse por la sociedad. ¡A la mierda la sociedad! ¡A la mierda sus leyes, sus preceptos, sus normas! ´¡Que se metan por el culo sus ejércitos, sus cárceles, sus escuelas!

Todos, absolutamente todos, cantan la misma canción: luchamos para alcanzar un mundo más digno. Un mundo donde haya trabajo para todos. Esta cantinela la vienen cantando los de camisa negra y roja y todos los demás desde hace siglos. Pues yo no quiero trabajo, no quiero convertirme en un animal productivo, en un eslabón más de la cadena. No quiero que me pasen el dogal al cuello como si me hicieran un favor, con esa sonrisa paternalista que les caracteriza, mientras esquilman al rebaño desde el Estado.

La única libertad que reconozco no la impone ninguna ley: sólo la voluntad de libre asociación. Sin atadura ni ligazón moral o legal. No reconozco ni la moral ni la ley, porque ambas están siempre sujetas a los intereses de un clan de poder. Quien no lo ve es un ciego de conveniencia, que prefiere medrar a la sombra del gobierno de turno antes que aspirar a su libertad individual, que es la única libertad posible, más allá de las imposiciones del hormiguero social.

La democracia consolida la dominación más firmemente que el absolutismo, y libertad administrada y represión instintiva llegan a ser las fuentes renovadas sin cesar de la productividad.  A la destrucción desmesurada del hombre y de la naturaleza, del habitat y de la nutrición, corresponden el despilfarro lucrativo de las materias primas, de los materiales y fuerzas de trabajo, la polución, igualmente lucrativa, de la atmósfera y del agua en la rica metrópolis del capitalismo.La brutalidad del neo-socialismo tiene su contrapartida en la brutalidad metropolitana: en la grosería en autopistas y estadios, en la violencia de la palabra y la imagen, en la impudicia de la política.

Otto Rahn & Demos


Una España unida, potente y en manos de los españoles o su Balcanización

1 de Julio de 2009 a las 23:58

Los izquierdista fundamentalista y analfabeto en el poder  quieren la Balcanización de España. Lo han y lo están demostrando. No se sabe quien les paga por esto pero lo están consiguiendo y en el meollo están todos, desde el Rey extranjero hasta el ultimo puto consejal de cualquier Ayuntamiento de España. Estupefactos, los españoles están inermes ante tanta prepotencia separatista y más cuando procede del propio Estado. pero lo peor de todo es que los propios españoles mantienen con su voto a los destripadores.

Los ataques secesionistas o islámicos a España (estos últimos pretenden no destruir la unidad de la nación, sino dominar la Península Ibérica bajo la Sharía, cambiando el nombre de España por Al-Ándalus) no son ataques en exclusiva a la Constitución Española, sino a España misma.

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